El pimer beso de Pepi y José Luis – 1974

El primer beso de José Luis y Pepi en la terraza del Círculo

En el año 1974 José Luis tenía dieciocho años y un Seat 600. Y eso, en aquel tiempo, no era cualquier cosa. Era casi una declaración de independencia. Con él cruzaba Madrid, del Barrio de Ventas hasta la calle Alcalá donde el Círculo de Bellas Artes se levantaba solemne y luminoso, como si llevara décadas observando la ciudad desde una altura distinta.
El Círculo era ya entonces mucho más que un edificio. Era un lugar con nombre propio. Una casa enorme para el arte, la conversación, el pensamiento, el teatro, las exposiciones, las fiestas y esa vida social madrileña que mezclaba elegancia, cultura y un punto de misterio. Sus escaleras, sus salones, sus pasillos y sus rincones parecían hechos para que dentro ocurrieran cosas importantes.
Y aquella noche ocurrió una.
José Luis llegó al Círculo en su 600, probablemente sin saber que algunas cosas iban a cambiar su vida, al menos tal como la tenía establecida. Entró con la naturalidad de quien va a bailar, a encontrarse con amigos, a dejarse llevar por la música y por la edad. Tenía dieciocho años: suficiente para creerse mayor y demasiado joven para saber que algunos momentos no se olvidan nunca.
Pepi tenía quince.
Quince años y esa mezcla de timidez, curiosidad y brillo que solo se tiene cuando todo está todavía por descubrir. Ella también llegó al Círculo de Bellas Artes aquella tarde. Con su tipazo y melena negra hasta la cintura. Eso recuerda siempre José Luis de ella, al menos. Todos los fines de semana iba con las amigas.
En el Bellas Artes -así lo llamaban en aquellos tiempos- había una sala de baile para los mayores. Allí se bailaba con más compostura, con más ceremonia, con esa elegancia de los salones de baile de antes. Pero el edificio, que siempre ha sabido cambiar con la ciudad, también había encontrado la manera de abrirles sitio a los jóvenes. En la segunda planta o en la entreplanta -no recuerda muy bien el detalle José Luis-, aquel mundo más serio se transformaba en otra cosa: una especie de discoteca para los chicos y chicas de la época, un refugio de música, miradas rápidas y primeros atrevimientos.
Allí no se iba solo a bailar. Se iba a mirar y a ser mirado. A coincidir. A hacerse el distraído. A esperar que sonara una canción que justificara acercarse un poco más.
Era 1974 y en la radio, en los tocadiscos y en las pistas podían cruzarse canciones que hoy son casi cápsulas del tiempo: Tómame o déjame, de Mocedades; Algo más, de Camilo Sesto; Te estoy amando locamente, de Las Grecas; Acalorado, de Los Diablos; o aquel Rock Your Baby de George McCrae que traía un aire nuevo, bailable, internacional. La música de una época en la que todavía se pedía bailar con una mezcla de valentía y pudor. La música perfecta para que dos adolescentes empezaran a acercarse sin decir demasiado.
José Luis vio a Pepi en la entrada del Bellas Artes.
No hubo una escena solemne. No hacía falta. Él era un chico de dieciocho años que había llegado en un 600. Ella, una chica de quince que todavía no sabía que aquella noche acabaría formando parte de la historia sentimental de su familia. Entre ellos estaba la pista, la música, el murmullo de la gente, las luces -con el tiempo Pepi recuerda que pusieron hasta una bola de discoteca en medios de la pista-, las ganas y ese vértigo dulce de los comienzos.
Bailaron. Esa noche y las de los siguientes fines de semana.
En una época en la que muchas cosas se decían sin decirse, un baile podía ser una pregunta. Y otro baile, una respuesta.
José Luis y Pepi empezaron así a conocerse entre canciones y risas. Coincidieron varios fines de semanas.
Porque el Círculo no era solo la sala de baile. Tenía plantas, escaleras, puertas, pasillos, salones, zonas nobles y rincones que despertaban la imaginación de cualquiera. Para dos jóvenes que acababan de descubrirse, aquel edificio era demasiado tentador como para quedarse quietos en el lugar permitido.
Así que empezaron a escaparse por los rinconces del Bellas Artes.
Primero quizá fue una vuelta inocente. Un “vamos a ver qué hay por aquí”. Una escalera. Un pasillo. Una puerta. Luego otra. El Círculo, tan serio desde fuera, se convirtió para ellos en un territorio de juego. Iban descubriendo espacios como quien va abriendo capítulos de una novela: una sala que no tocaba, una zona reservada, una esquina silenciosa, un lugar donde no había música, pero sí una emoción distinta.
No tardó en aparecer el vigilante.
Toda buena historia de amor necesita alguien que diga “por aquí no se puede”. Y allí estaba él, encargado de recordarles que el Círculo no era exactamente suyo, aunque ellos, por unas horas, empezaran a sentirlo como si lo fuera. Les regañaba. Les pedía que bajaran. Les decía que no podían pasar, que aquello no era zona para jóvenes escapados de la pista, que volvieran a donde tenían que estar.
Pero José Luis y Pepi no estaban ya donde tenían que estar.
Estaban donde empieza una historia.
Así que obedecían un rato, se reían, bajaban quizá unos escalones, fingían normalidad y, cuando el edificio volvía a abrirles una grieta, se escapaban otra vez. Era una travesura, sí. Pero también era una forma de alargar la noche. De seguir juntos.
Cada regañina del vigilante se sumaba a la aventura. Cada pasillo prohibido hacía que el recuerdo fuera más suyo. Cada rincón descubierto les daba una excusa para seguir hablando, para seguir riéndose, para seguir acercándose.
Y entonces subieron.
Subieron hasta la terraza.
La ciudad se abrió ante ellos como se abren las cosas importantes: de golpe y en silencio. Las vistas desde allí siguen quitando el aliento.
La terraza del Círculo tiene algo que no se explica del todo. Quizá sea la altura. Quizá sea la forma en que la ciudad parece ordenarse desde allí. Quizá sea esa sensación de estar dentro de Madrid y, al mismo tiempo, un poco por encima de ella. Como si el ruido se quedara abajo y arriba solo llegara lo esencial.
Allí, después de bailar, de escaparse, de reír, de ser descubiertos, de volver a intentarlo, de recorrer el edificio como dos protagonistas clandestinos, José Luis y Pepi se besaron por primera vez.
No hizo falta más.
Minerva, diosa de la sabiduría y las artes, fue testigo.
Vio aquel primer beso en la terraza, con Madrid alrededor y la noche de 1974 sosteniéndoles el secreto. Vio cómo dos adolescentes que habían entrado casi por casualidad empezaban a escribir una vida juntos. Vio cómo un edificio construido para la cultura se convertía también en escenario de algo más íntimo, más pequeño y, a la vez, enorme: el comienzo de un amor.
Después vendrían los años.
Vendrían más bailes, más conversaciones, más días buenos, días difíciles, decisiones, familia, rutina, memoria. Vendría la vida entera con su manera de poner a prueba las historias que empiezan con un beso. Y aquella historia resistió.
José Luis y Pepi siguen juntos.
Más de medio siglo después, aquel primer encuentro en el Círculo de Bellas Artes no es solo una anécdota bonita de juventud. Es el primer capítulo de una historia que continuó.
Por eso, cuando el Círculo celebra cien años de su edificio, no celebra solo la arquitectura de Antonio Palacios, ni sus exposiciones, ni sus salones, ni sus fiestas, ni su papel inmenso en la vida cultural de Madrid. Celebra también todas las historias que han sucedido sin cartel, sin programa y sin aplauso. Las historias que no siempre quedan escritas en los archivos, pero sí en la memoria de quienes las vivieron.
El Bellas Artes ha sido muchas cosas: casa de las artes, lugar de encuentro, símbolo de Madrid, refugio de generaciones.
Para José Luis y Pepi fue: el lugar donde empezó todo.
Y quizá esa sea una de las formas más hermosas de medir la vida de un edificio: no solo por los grandes nombres que pasaron por sus salas, sino por las personas anónimas que entraron una noche cualquiera y salieron con una historia de amor para siempre.

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